Şubat 28, 2023

La chica del camping

ile admin

La chica del camping
Aquel verano me lie la manta a la cabeza y me fui de casa. Una ruptura sentimental traumática unida a una mala racha laboral y a una buena bronca familiar eran razones más que suficientes como para borrarme del mapa una temporada. Quería tener tiempo para mí, recuperar los años que había perdido con Iván, pensar en mi futuro laboral, dejar tiempo en casa para que asimilaran y recapacitaran los efectos de la última discusión con mi hermana y, en definitiva, darme el capricho de vivir la vida a mi ritmo y a mi antojo. ¡Que me lo merecía!
Dejé que el azar decidiera mi destino vacacional por mí y, con los ojos cerrados, planté mi dedo sobre un mapa de España. El destino era Mojácar, un pueblo de la costa almeriense. Preparé una pequeña maleta con mis trastos y me marché. Me esperaban varias horas de carretera y un popurrí de canciones de mis artistas favoritos: Estopa, Malú, Bebe,…
Conduje durante la noche y llegué a mi destino a primera hora de la mañana. Tras bajar a la zona que se conoce como “Mojácar playa” encontré un camping donde alojarme y, tras acomodar mis trastos en mi bungaló, me fui al Súper más cercano para rellenar la despensa antes de salir a buscar mi primera playa.
Totalmente eufórica y con unas ganas increíbles de comenzar mi aventura me puse un bikini, me lie un pareo y cogí el bolso de playa con una toalla y un libro. Luego cogí la cartera, las llaves del coche y me fui hacia la puerta del camping.
-¿Dónde podría encontrar una playa tranquila por aquí? –le pregunté a la chica que estaba en recepción.
-Pues, si sigues esta carretera hacia abajo, hay una cuantas -.
-¿Qué tiempo puedo tardar? -.
-Poco… De aquí a dónde empieza la montaña es un suspiro y… -se quedó pensativa un instante -¿Qué coche llevas? -.
-Un Suzuki Vitara -respondí.
La chica me recomendó una playa solitaria a unos quince minutos con el coche. Me dijo que era una playa a la que solo se podía acceder en todoterreno y que por eso me había preguntado por mi coche. Quince minutos para llegar al cruce con una rambla que hay a la salida de una barriada, tres kilómetros por la rambla y, por fin, una playita tranquila y solitaria donde poder evadirme.
Me despedí amablemente de la chica de recepción y me subí en el coche para buscar esa playa. Llegué a la barriada que me había dicho y, efectivamente, dónde había dicho estaba la escarpada bajada a la rambla. Bajé del coche y eché un vistazo. Sólo necesité un par de segundos para decidirme a afrontar el riesgo. No era un camino excesivamente difícil y, si al final de esa rambla estaba la playa de mis sueños, ese terraplén no podría interponerse entre nosotras.
Bajar a la rambla por primera vez fui un subidón inolvidable. Pero es que, luego, conducir por ella, fue alucinante. Iba por en medio de dos montañas y el paisaje desértico de las mismas era chulísimo. Me detuve incluso para hacer algunas fotos hasta que, finalmente, continué mi camino hasta llegar a la playa.
Ante mis ojos se abrió por fin, tras la última curva, una playa de unos setenta metros entre dos cerros bastante altos. El lugar, desde luego, era mágico. Un pequeño paraíso desértico de aguas cristalinas que invitaba a la reflexión sin lugar a dudas.
Me bajé del coche y me dejé invadir por la fuerza de la naturaleza. Solo necesité poner un pie sobre la arena y echar un primer vistazo a mí alrededor para ser evadirme del mundo. Una leve brisa refrescó mi cara y entonces lo supe: todo iba a salir bien. Las cosas que se habían torcido en mi vida tenían arreglo.
Me apetecía tirarme al sol como un lagarto y dejar que las ideas fluyeran por mi cabeza libremente. Ni libros, ni música… Nada. Solas, la playa y yo. Así que, como no necesitaba nada, lo que hice fue prepararme allí mismo, en el coche, para no tener que ir cargando con nada.
Me quité el pareo y cogí la crema protectora para echármela y, al hacerlo, decidí quitarme también el bikini. Me desnudé, me unté de protector por todo el cuerpo, dejé la bolsa preparada para cuando me marchara, cerré el coche y escondí la llave en mi “lugar habitual”. Y, por último, comencé a recorrer lentamente a pie los metros que separaban el coche de la orilla de la playa.
Mientras lo hacía, sentía como la brisa acariciaba toda mi piel hasta el punto de erizarme los pezones. No acostumbro a hacer naturismo pero esa playa me dijo que tenía que quedarme desnuda. Su paz, su belleza,… No sabría explicarlo pero seguro que me entendéis si os digo que las palabras “naturaleza”, “vida” y “alma” formaron parte del argumento que la playa me dio para quitarme la ropa. Era necesario hacerlo y me apetecía, sentía la necesidad.
Durante un buen rato tuve tiempo para disfrutar de la soledad y de liberar mi alma. Intercalé risas con llantos, decepciones con cabreos y, por supuesto, chapuzones con baños de sol tumbada sobre la arena. Precisamente estando en el agua me sorprendí con la llegada de un nuevo todoterreno a la playa. Era un coche que me parecía haber visto aparcado en el camping. Me quedé mirando al conductor, esperando que se detuviera o que se bajara y, por fin, reconocí a la chica de la recepción. Respiré aliviada.